¡Qué impotencia da ser periodista!

Publicado: mayo 12, 2013 en Periodismo, Violencia y narcotráfico

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“Sólo un periodista con vocación de narrador, que se atreva a dejar en tierra las cifras para remontar vuelo con el corazón de un relato, logrará que se identifiquen

los destinos ajenos con el propio”

Tomás Eloy Martínez

Por Darwin Franco

Dicen las autoridades que la muerte de Alfredo y Diego Páramo González, sucedida la madrugada del 05 de mayo en Chihuahua, nada tiene que ver con la actividad profesional que desempeñan sus padres: Martha Nicholson, editora del diario El Peso, y David Páramo, periodista financiero. Tampoco explicaron el por qué de esta afirmación.

Lo cierto es que la muerte de estos jóvenes se suma a la terrible lista de ataques contra el periodismo mexicano. Agresiones, amenazas, muerte y desapariciones es lo que hoy rodea el quehacer periodístico e incrementa la impotencia que se siente al saberse no sólo desprotegido sino, incluso, criminalizado, pues ante la falta de justicia lo que impera son las sospechas de que nuestros “malos pasos” podrían causar la violencia que padecemos.

Lavarse las manos y adjudicar toda violencia al narcotráfico es la justificación nuestra de cada día, es la mejor estrategia para quien agrede desde otras instancias y ante la confusión, confabulación y contubernio tiene en la guerra contra el narcotráfico el mejor pretexto. La asociación Artículo 19, defensora de la libertad de expresión, en su informe 2012 evidenció que los principales agresores de los medios y los periodistas son los funcionarios públicos con un 44% de los casos.

Esto echa abajo la mayoría de los fundamentos que dieron vida a la Ley para la Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas y a la Reforma al Artículo constitucional 73 fracción XXI, donde se precisaba era el crimen organizado y no el Estado quien más atenta contra la vida de los periodistas: “La intimidación, las amenazas y los crímenes, que sobre los informadores ejercen las bandas delincuenciales; criminales sin escrúpulos, que pretenden imponer sus reglas, acallando a la sociedad y a sus voces más destacadas”, precisó el entonces Presidente, Felipe Calderón, cuando se promulgó dicha Ley, la cual hasta la fecha ha sido inoperante no sólo como instrumento sino también como instancia para la procuración de justicia.

Esto se refleja también en el actuar de la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Cometidos Contra la Libertad de Expresión (FEADLE), que depende de la Procuraduría General de la República, y que desde 2006 ha investigado 464 casos pero sólo ha emitido una sentencia condenatoria. Aún hay más porque en 2012 de los 199 casos que investigó la FEADLE tuvo que declararse incompetente en 79, ya que se trataba de delitos que competían a autoridades locales.  Artículo 19 precisó que es justo el gobierno municipal quien encabezó los ataques a los periodistas con un 45% de los casos, seguido del gobierno estatal (43%) y el federal (12%).

¿Qué justicia puede llegar para los padres de Alfredo y Diego? ¿Qué le podemos decir a la familia del comunicador Gerardo Padilla Blanquet, quien fue reportado como desaparecido desde el pasado 30 de abril en Saltillo Coahuila (ciudad donde el 19 de ese mes asesinaron al fotógrafo, Daniel Martínez? ¿De qué manera mirar a la familia de Alonso de la Colina, asesinado en Puebla el 16 de abril?¿Cómo explicar que la justicia no será ni pronta ni expedita en el caso de Sergio Landa, reportero de la sección policiaca del periódico Cardel, que fue visto por última vez el 22 de enero en la redacción de aquel diario veracruzano? ¿Cómo inyectarle seguridad a Jorge Carrasco, corresponsal en Veracruz de Proceso, que ha sido amenazado por indagar sobre la muerte de su colega Regina Martínez sucedida hace más de un año?

Impotencia da ser periodista ante tal estado de indefensión. Muchos nos llaman exagerados y minimizan la violencia que padecemos, muchos dicen que hasta tenemos leyes particulares y que no debiéramos estar quejándonos. Nos llaman exagerados y lo somos porque, como bien precisa Lolita Bosch (editora de Nuestra Aparente Rendición): “Nos indigna, nos entristece, nos encabrona mirar las cosas de cerca para descubrir que están construidas encima de la desigualdad social, de género e incluso geográfica”. Impotencia da que no todos sientan esta misma indignación.

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