El periodismo y el respeto a las víctimas

Publicado: julio 13, 2013 en Ética en los medios, Periodismo
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Por Darwin Franco

La ética periodística cobra y tiene sentido cuando “el otro” (nuestro entrevistado, nuestro público, nuestra sociedad) se hace presente en las palabras que elegimos para nombrarlo y contar su historia. En cada una de las decisiones que tomamos y en cada recorte de la realidad que hacemos para informarle lo que ocurre a su alrededor.

Cuando pensamos en ese “otro” surgen los dilemas éticos y se hace necesaria toda reflexión, pese a que hoy la premura de la nota condiciona la búsqueda de la verdad por la primicia.  El tener consciencia del “otro”, en el trabajo periodístico, permite cobrar distancia para entender las implicaciones que tiene y tendrá la manera en que se informe sobre tal hecho o sobre determinada comunidad o persona.

Uno no puede escribir sin reconocer que aquello que será publicado o trasmitido tendrá implicaciones en los otros, ya sea porque afecte directamente la vida e imagen de los implicados o porque es mediante esta información que muchos terminarán por edificar la representación que tienen sobre determinada problemática. Si al ejercer el periodismo olvidamos al “otro” estaremos no sólo obviando el sentido de la ética sino desestimando la responsabilidad que tenemos al informar.

Escribir, entonces, puede ser fácil pero hacerse responsable de lo que se dice y de las implicaciones que esto tiene, no lo es. Es ahí donde los cínicos se hacen evidentes porque atrincherados en un anti-periodismo utilizan los medios para desentrañar “verdades” que, contrarias a toda ética, violentan el respeto que debemos de tenerles a los protagonistas de nuestra información, a sus familias, al público y a la sociedad.

Hace unos días en La Jornada Jalisco (10/07/13) se publicó la columna Bocajarro de Salvador Cosío Gaona, quien no es periodista pero tiene un espacio dentro del medio. En su texto titulado: “Hay evidencias que sugieren que Luis Antonio Ortiz y Andrés Barba no fueron ultimados el día de su secuestro”, hace alusión a un caso donde dos jóvenes fueron secuestrados y asesinados por las presuntas burlas que ambos realizaron contra un compañero de la escuela que resultó ser hijo del narcotraficante José Ángel Carrasco Coronel, alias “El Chagel”.

Sin más fundamentos que los “elementos gráficos claros e impactantes” a los que éste tuvo acceso a través de “fuentes certeras y confiables”, Cosío Gaona a través de una indolente narrativa violenta la privacidad de las víctimas y sus familias porque falto de toda ética describe una serie de especulaciones sobre la muerte de los menores.

No conforme con su indolencia gráfica, expresada en un texto que en nada ayuda a la comprensión del hecho, éste esgrime “argumentos” que sugieren (como si él fuese el Fiscal o un agente del ministerio público) que los chicos hicieron algo más que un simple bullying: “¿qué habrían hecho los jóvenes para que los torturaran tan sádicamente hasta que les causaran la muerte?, se pregunta Cosío Gaona, pero  en ningún momento otorga elementos de prueba, sólo tiene sus claros “elementos gráficos” que nadie sabe de dónde sacó y de qué manera los obtuvo.

Sin pensar en los menores, y mucho menos en sus familias, este columnista utilizó el espacio de un “medio crítico (de izquierda)” para criminalizarlos y arrojar una serie de hipótesis e imágenes que hieren a las familias de Luis Antonio y Andrés, las cuales habían solicitado a los medios que respetaran sus derechos, su privacidad.

¿Dónde queda el derecho de las víctimas y quién debiera preservar esto? ¿Por qué esa necesidad de criminalizar, sin pruebas, a los jóvenes? ¿Por qué tanta indolencia?

Aquí sumo una de las preguntas que la catedrática, Rossana Reguillo, le hiciera al columnista a través de su blog: “¿Pensó en el impacto que estas descripciones e hipótesis tendrán en las familias?”.

Si eso lo hubiera pensado Salvador Cosío Gaona, entonces, habría tenido un dilema ético y quizá hubiese reconsiderado las implicaciones de su texto y, en una de esas, habría recordado que la ética cobra y tiene sentido cuando uno es consciente del “otro y los otros”. Si lo hubiese pensado no habría criminalizado sino investigado, no habría sido tan indolente sino consciente del derecho de las víctimas de este absurdo crimen.

Escribir, entonces, puede ser fácil pero hacerse responsable de lo que se dice y de las implicaciones que esto tiene, no lo es. Ahí es donde los cínicos que juegan a realizar periodismo se hacen evidentes.

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