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Por Darwin Franco Migues

Gabriel de la Peña Díaz desapareció el 20 de agosto de 2015 en la colonia El Colli Urbano en Zapopan, Jalisco. Se dejó de saber de él cuando salió de su casa rumbo a su trabajo.

Al no saber nada de Gabo, como con cariño le llaman, su familia rápidamente se movilizó para saber su paradero. Realizaron todo aquello que muchas veces el personal de la Fiscalía General de Jalisco les recomienda no hacer a quienes presentan una denuncia por desaparición. Ellos, hicieron pública la desaparición de Gabo en todos los medios posibles.

Muchos nos enteramos de que Gabriel de la Peña Díaz, de 18 años, no estaba con su familia porque sus amigos colocaron su fotografía en cuanta red social les fue posible. Supimos también que es estudiante de la Universidad UNIVA y que los motivos de su desaparición nada tenían que ver (como ahora se asegura) con algún conflicto familiar. Su madre que de manera valerosa platicó con diversos medios siempre habló con claridad sobre este tema.

Durante poco más de 10 días, la fotografía del joven risueño que usa camisa a cuadros y lentes fue parte de nosotros. La compartimos, quizá, porque se parecía más a nosotros que el resto de fotografías de desaparecidos que a borbotones circulan por Internet. La miramos, y quizá, no sentimos la extrañeza o desconfianza que podrían darnos otros desaparecidos a los que rápidamente volvemos a desaparecer a través del uso de nuestro lenguaje, ya que ellos (otros diferentes a mí, muchos que no soy yo) son automáticamente sospechosos de su propia desaparición porque “seguro andaban en malos pasos”. Pero Gabo no, él no, porque alguien como yo no es reproductor de tales estereotipos.

Sin embargo, en eso no reparaban sus familiares y amigos porque para ellos lo relevante, lo vital y lo verdaderamente necesario era encontrarlo con vida; por ello, la pregunta ¿dónde está Gabo? se convirtió en una interrogante que los movilizó a tal punto que ellos (no necesariamente la Fiscalía General de Jalisco) se volvieron los artífices de su propia investigación y lo hicieron porque fueron capaces de superar las primeras palabras de una autoridad que al acudir a la Agencia del Ministerio Público 12/C, sólo atinó a decirles que: “Gabo ya aparecería porque andaba en Mazamitla”. Para la autoridad los jóvenes son así de irresponsables, ya que éstos no desaparecen simplemente se vuelven “no localizados”.

De este tipo de violaciones tuvieron que reponerse porque aquí en Jalisco (como pasa en todo México) son las familias las que buscan y la Fiscalía es la que pregunta qué saben de su desaparecido. Así fue como la familia (no la policía cibernética) logró obtener la geolocalización del celular de Gabriel de la Peña Díaz. Así fue como supieron que él (o quizá sólo el teléfono celular) estuvo en Tonalá (Jalisco), en San José de Gracia (Michoacán) y, finalmente, en algún punto del Estado de México, lugar desde donde la noche del 30 de agosto, Gabo marcó para decir “que estaba bien y para pedir que fueran por él”. Él marcó, no fue la Fiscalía la que llamó para decir a su familia: “lo localizamos”. Él marcó.

La mañana del 31 de agosto, día internacional de las víctimas de desaparición, y momentos antes de iniciar la marcha convocada por Familias Unidas por Nuestros Desaparecidos Jalisco (FUNDEJ), el Fiscal General, Eduardo Almaguer, escribió en su cuenta de Twitter:

Esta noticia cambió el ánimo de los amigos y familiares de Gabriel de la Peña que acudieron a manifestarse por los desaparecidos, ya que ahora no estaban ahí para exigir su aparición sino para celebrar que ya había aparecido. Algo que, sin duda, contrastó con la realidad que viven muchas de las integrantes de FUNDEJ que en casi tres meses de tener “mesas de trabajo” con la Fiscalía tienen cero avances en sus investigaciones.

Un día después (31 agosto), contrario a lo que dictamina la Ley General de Víctimas, el Fiscal General Eduardo Almaguer citó a conferencia de prensa para ventilar (violentando los derechos de  Gabriel y su familia) los pormenores de los operativos (así en plural) que realizó la Fiscalía para localizar a Gabriel de la Peña, concluyendo que se trató de una “desaparición voluntaria” (no dijo, “no localización voluntaria”), ya que Gabo simplemente huyó porque tuvo miedo de la reacción que tendrían sus padres cuando se enteraran de que había reprobado tres materias. Reprobó, tuvo miedo, quiso darse un tiempo y huyó al Estado de México. Esa fue y es la versión oficial de una Fiscalía que puso “todo de sí” para localizarlo.

En esa conferencia de prensa, Eduardo Almaguer, no habló de si el operativo que fuerzas federales realizaron ese día y los posteriores en la colonia El Colli tuvo alguna relación con lo que pasó con Gabriel, tampoco adelantó nada de las implicaciones que tendría (y ya tiene) el trasladarles toda la responsabilidad de lo ocurrido a Gabriel y su familia y, mucho menos, trasparentó los recursos (técnicos, humanos y financieros) que dice que utilizó para supuestamente dar con él. Sólo precisó que fue una “desaparición voluntaria”.

Las consecuencias de este pésimo manejo informativo (que de ser cierto tuvo que haberse quedado entre la autoridad y la familia de la Peña) es que ahora todo mundo juzga, señala, crítica y ridiculiza a quien hasta hace unos días era uno de los 2 mil 969 desaparecidos de Jalisco. Hoy Gabriel de la Peña es el hazme reír para quienes al ser incapaces de mirar y entender el fondo del problema, no bajan a Gabo de irresponsable, berrinchudo, cobarde y estúpido, ya que para ellos (los que compartieron su foto o se enteraron de su desaparición), él sólo es un meme que concentra toda la incomprensión de lo que somos cuando sin reflexionar nos dedicamos a juzgar duramente la superficie dejando, así, intacto el trasfondo de una versión oficial que busca fortalecer la hipótesis de que en Jalisco: “Los desaparecidos se van por su propio pie y no a causa de la violencia que nos golpea”.

La desaparición de Gabriel de la Peña fue para la Fiscalía General de Jalisco un bálsamo porque justo cuando FUNDEJ criticó la falta de avance en sus demandas, el Fiscal Eduardo Almaguer salió a decir que en Jalisco: “Sí localizan desaparecidos y que éstos (como supuestamente pasó con Gabo) se van por conflictos familiares”, lo cual hace que la institución que encabeza deje de atender el resto de las desapariciones.

Mientras tanto, todos nos sentimos con la estatura moral para señalar a Gabriel y su familia, pues ellos son la causa de todos los males que ahora padecen. Son ellos, principalmente Gabo, quienes merecen, incluso, un castigo porque: “¡Qué es eso de andar desapareciendo por haber reprobado tres materias! ¡Qué es eso de hacerle perder el tiempo a la Fiscalía habiendo más desaparecidos! ¡Qué eso de marcar y no esperar a que la Fiscalía sea la que te localice! ¡Qué es eso de hacerme perder mi tiempo cuando compartí tu foto en Facebook y ni siquiera estabas desaparecido! ¡Qué es eso de hacerte el desaparecido!”.

Cuando aceptamos como ciertas las verdades que se dieron a conocer tras la localización con vida de Gabriel de la Peña y hacemos con ellas un escarnio público de los involucrados, estamos contribuyendo a que problemáticas sociales se vuelvan asuntos particulares (familiares), lo cual quita toda responsabilidad a quienes deberían de trabajar para que ninguna persona siga desapareciendo en Jalisco y en todo México.

Cuando juzgamos, criticamos, señalamos, etiquetamos y compartimos “nuestra verdad”, no estamos pensando en la manera en que esto aniquila la dignidad de una persona y su familia. Cuando creemos la verdad de la Fiscalía y la replicamos estamos más cerca de parecernos a ellos y, con esto, no sólo nos alejamos de nuestros pares sino que también imposibilitamos de facto todo acceso a la verdad y la justicia.

¿De verdad por esto desapareció Gabriel de la Peña? ¿Acaso Ustedes no dudan de esta versión oficial? ¿Qué pasa, entonces, con el resto de los desaparecidos? ¿A ellos, cómo los están buscando en la Fiscalía? ¿Qué ocurre con nosotros que, en lugar de celebrar que Gabriel esté de vuelta, estamos acabando con su dignidad? ¿Por qué no estamos adoptando a un nuevo desaparecido pero sí quejándonos de haber buscado a quien no lo merecía?  ¿Por qué aceptamos de pronto una versión tan llena de opacidades? ¿Por qué?

Gabriel de la Peña Díaz desapareció el 20 de agosto de 2015 y fue encontrado con vida 10 días después. Hoy todos debemos celebramos su aparición (independientemente de las causas que provocaron su ausencia) pero, a la par, debemos exigir que se nos diga toda la verdad porque la Fiscalía General de Jalisco al reducir un tema tan delicado a conflictos familiares no sólo evade su responsabilidad sino que también nos vuelve culpables de nuestras futuras y posibles desapariciones.

Ayer las justificaciones para desaparecer eran “los malos pasos, el irse con el novio o el andar de fiesta”, hoy lo es “el reprobar tres materias”. ¿Mañana qué será?

@darwinfranco

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Por Darwin Franco Migues

Arturo Javier Moreno Ramírez salió de su casa como muchos otros días, tenía una agenda previamente organizada para ese día tanto como para actividades académicas como laborales, además de un compromiso familiar acordado para ese 12 de junio de 2014.  Salió ese día de su casa, como muchos de nosotros lo hacemos a diario, salió para hacer ejercicio y cumplir con sus labores como abogado y docente. Llamó a su prometida para ultimar detalles del compromiso familiar acordando la hora exacta en que se reunirían; sin embargo, ella se quedó esperando pues Arturo nunca regresó a casa.

Arturo Moreno es abogado y hasta antes de su desaparición laboraba desde hace 14 años como profesor en la División de Estudios Jurídicos de adscrito al departamento de Derecho Social, dentro del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara, su alma mater. Proveniente de una familia siempre unida con base firme en el trabajo y la ayuda al prójimo, Arturo estudió derecho en la Universidad de Guadalajara y antes de desaparecer cursaba el último año de un doctorado, del cual por cierto sus compañeros están próximos a graduarse en unos días. En ese doctorado aún sigue su lugar vacío en el aula, ya que la idea de Arturo era seguir produciendo conocimiento en pos de la justicia. Su sueño de convertirse en Doctor en Derecho aún está pendiente.

Durante su época estudiantil, en la carrera de abogado en la Universidad de Guadalajara, compartió las aulas y las actividades políticas escolares con el actual gobernador, Aristóteles Sandoval. Sin embargo, esto poco ha valido para su familia pues ni “la preocupación del gobernador por su compañero” ni la manifestación pública que la Universidad de Guadalajara hiciera 12 días después de su desaparición, han servido para que la Averiguación Previa que se inició el inmediatamente con motivo de su desaparición tenga resultados, pues a un año las pesquisas de los agentes investigadores de la Agencia del Ministerio Público Número 12/C, especializada en desapariciones, son nulas.

Sus padres y su prometida son los que han investigado por sus propios medios qué podría haber pasado con Arturo Moreno. No obstante no dejan darle el debido seguimiento a su investigación ante la Fiscalía General de Jalisco.

La familia de Arturo Moreno se ha incorporado a Familias Unidas por Nuestros Desaparecidos Jalisco (FUNDEJ), ahí han estado presentes en sus manifestaciones y en las exigencias que este colectivo ha hecho al gobierno de Aristóteles Sandoval. El 18 de marzo, día en que FUNDEJ solicitó al gobernador una reunión, su padre Javier Moreno se presentó a las afueras de Palacio de Gobierno con la foto de Arturo Javier y con firmeza mencionó: “en el caso de mi hijo no ha existido voluntad de investigar”.

La familia Moreno Ramírez ha venido batallando y sufriendo los estragos de la lenta investigación, pues tanto el padre de Arturo Javier como sus hermanos abogados han dado muchas vueltas a las oficinas de la Fiscalía General de Jalisco y son tantas las veces que de las autoridades han escuchado: “estamos investigando”, “aún no tenemos la información”, “cambiaron al encargado de su caso, le pedimos comprensión”, “tengan paciencia”.  ¿Tenga paciencia? Si paciencia es lo menos pueden tener cuando no saben ni por qué desapareció su ser querido. Paciencia es justo lo que NO se puede generar ante la ineficacia de las autoridades que dicen buscarlo pero no lo hacen.

Sin embargo, los seres más cercanos a Arturo Moreno han sacado la casta y junto con las familias de FUNDEJ siguen exigiendo que las promesas que recibieron en voz del gobernador, el pasado 15 de mayo, se hagan realidad, pues de las mesas de trabajo que se han dado desde entonces entre las familias de los desaparecidos de Jalisco y las autoridades del estado, sí se ha logrado modificar el trato y la atención a las víctimas; sin embargo, la esencia de sus demandas no se han cumplido, ya siguen sin tener acceso a sus expedientes y no hay avances de la búsqueda de sus familiares.

Hoy se cumple un año de la desaparición de Arturo Javier Moreno Ramírez, profesor de la Universidad de Guadalajara, hoy se cumple año desde que esta institución prometió estar cercana a las investigaciones de su catedrático. Hoy se cumple un año desde que el Fiscal, Luis Carlos Nájera, se comprometió ir al fondo de este caso. Hoy se cumple un año de que su familia y su prometida siguen sin saber dónde está y por qué motivos lo desaparecieron.

Ante estas dudas, su prometida desde el amor que se gesta por su búsqueda le escribe: “Mtro. Arturo Javier Moreno Ramírez… Jamás había experimentado un dolor tan grande, una impotencia tan amplia como mi capacidad de amar, una soledad más intensa que mis propias ganas de luchar… Son doce meses de angustia, rabia y desesperación… Son doce meses de ausencia, frustración y silencio… Son doce meses… son doce meses… Y sólo quedan las huellas…”.